domingo, 13 de febrero de 2022


 Entrevistado por Manoli Lemos tras ganar el premio de Relato corto Constantí y haber ingresado en el Ateneo de Cádiz. (a partir del minuto 27,20)

sábado, 5 de febrero de 2022


Esta semana tuvimos tertulia literaria en el Ateneo de Cádiz, el tema a tratar giraba en torno a la edad madura. Mi aportación fue en forma de poema en el que, figuradamente, interpreté la melodía de una vida que no tiene fin, siempre se sube la montaña y, cuando toca bajarla, alguien con fuerzas nuevas viene a relevarnos y convierten, esta historia vital, en una historia interminable.




LA HISTORIA INTERMINABLE

 

La nieve hizo acto de presencia

y, sobre las despejadas sienes,

alguien observa desde el altozano.

 

Se derrama el cielo en la mirada

sobre los desvanecidos recuerdos

que pueblan la espesura del bosque.

 

La escalada fue lenta, con tiempo a favor,

pero la bajada se antojaba apresurada,

pasando, sin parar, por estaciones

que en la lenta subida hubieran sido cobijo.

 

No hay camino de descenso, solo caída;

nadie dejó migas de pan,

como Hansel y Grettel.

 

El fondo del precipicio es inapreciable,

se funde entre las manos,

esas arrugadas que soportaron un mundo

y que ahora reverdecen y cobijan

otras tersas, blancas y pequeñas.

 

Manos nuevas de sienes cubiertas,

donde la nieve no hace acto de presencia,

con la misma mirada en otra faz

y toda la vida por escalar.


miércoles, 2 de febrero de 2022


 

Acto de entrega del Premio Internacional de Relato Corto Constantí 2022, por mi relato: "Fábula de una migración"

Primer premi
Fábula de una migración
Juan Antonio Rodríguez Astorga
Cádiz

Bennu Earnshaw acostumbraba a despedir el día desde su atalaya de tejo, en el bosque Rya, a la orilla del río Göta. Allí, a las afueras de Gotemburgo, no llegaba el rumor de la ciudad y se apreciaba con más claridad los diferentes matices del otoño entrante: el repetido y nervioso pik, pik, pik, corto y metálico del papamoscas cerrojillo avisando a su plebe del vuelo de alguna rapaz; la música cambiante del agua, devorando cantos rodados, en su transcurrir sin retorno por el cauce del río; y el croar de la otrora apetecible merienda, pero ahora no era el momento de pensar en su apetito. 

El sol poniente, aún poderoso sobre el horizonte, le azoraba el cristalino y hacía que sus ojos se humedecieran de saladas lágrimas. Eso, al menos, era lo que se decía a sí mismo para justificar su inoportuno llanto —se engañaba—, la génesis del brillo en sus ojos no era causa del fulgor del astro, sino de una negrura interna que, desde hacía dos semanas, le carcomía las entrañas.

Hacía casi dos semanas que Bennu no sabía nada de Herne, su compañera desde hacía cuatro años. No conocía a otra garza real con las plumas de la cabeza tan blancas como ella, y con una amplia raya negra, tan negra como el vantablack, que le embellecía desde el ojo hasta la cresta. 

La última vez que volaron juntos, Bennu alardeaba de ser más veloz que Herne cogiendo la delantera y ganándole distancia a su pareja hasta que un fuerte estruendo, ¡bang!, le estremeció el corazón y paralizó su esbelto vuelo. No se atrevía a volver la cabeza, presentía una desgracia; y cuando lo hizo… Herne había desaparecido de su vista. Solo cielo, tierra y mar y bandadas de palomas dándose a la fuga, y los ladridos hirientes de una jauría de perros bracos —muerte, moteada y marrón, a cuatro patas— al cobro de alguna pieza le hizo presagiar lo peor.

Dos semanas de esperas y de vigilancia vana sobre el altozano de tejo. Eludir su estruendosa soledad; asumir la eterna ausencia de las llamadas de bienvenida de su hembra cada vez que Bennu volvía al nido con el buche atestado para alimentar a sus polluelos; aceptar que el próximo amanecer sería el último en esa estación de esperas, antes de emprender el que, probablemente, fuera también su último viaje al sur, se le antojaba absolutamente insoportable. 

Bennu sabía que había sobrepasado con creces la vida media que se le suponía a las garzas reales —unos cinco años— y esto era corroborado día tras día en las relaciones con sus vecinos, ninguno le superaba la edad. Él nació, hacía seis primaveras, en el mismo lugar del que se disponía a partir. Nunca se sintió un anciano hasta hacía dos semanas en que perdió el sustento de su jovialidad, su querida Herne.

Después de un último y desesperado vistazo al horizonte, se acurrucó entre las ramas del árbol y se dispuso a dormir. A la mañana siguiente le esperaban kilómetros de aleteo en compañía de sus congéneres, sobre la orografía de media Europa, en su camino hacia los cuarteles de invierno en las marismas del Coto de Doñana. 

En el silencio de la mañana sueca, el aire frío otoñal entrecortaba un lejano trompeteo a modo de señal de salida. Poco a poco se fueron formando, bajo un cielo gris, pequeñas uves aladas. Cada elemento de la formación mostraba sus cuellos estirados y largas alas con sus remeras negras. El grupo familiar de Bennu recorría, año tras año, la ruta migratoria occidental: unos agotadores cuatro mil kilómetros. Su primera parada estaba prevista en el lago del Der, de la región de Champagne, al nordeste de Francia.

Este primer tramo empezó a hacer mella en Bennu, antes de posarse en la orilla del lago notó cómo sus fuerzas iban mermando. Volar por encima de los nueve mil metros, sobre el campo algodonado de nubes, no era baladí —y menos a su edad, y con su estado de ánimo—; pero se repuso con rapidez tras la ingesta del agua fresca y los peces y anfibios que iba pescando con su largo pico. Él siempre fue muy habilidoso en estos menesteres, no en vano había alimentado y sacado adelante a innumerables camadas de polluelos junto con su Herne. 

Hoy en día, esos polluelos se habían convertido en hermosas garzas que volaban a su lado rumbo a Andalucía.

A todos ellos les esperaba el impresionante cordón montañoso de los Pirineos, con sus nieves eternas blanqueando picos rocosos; pero antes, una nueva escala en Capiteux. Los más débiles y enfermos se iban quedando por el camino. Bennu, una vez recuperadas sus fuerzas y sus ganas por llegar al lugar donde había sido feliz con su pareja, se sentía capaz de emprender de nuevo el vuelo para gozar, una vez más y en solitario, de su particular paraíso, donde disfrutaría del invierno templado meridional y de la abundancia de las charcas del Coto.

Como era costumbre entre las garzas reales, efectuaron una penúltima parada en la laguna de Gallocanta, entre las provincias de Teruel y Zaragoza. Allí se reunían todos los años, antes de partir para su destino definitivo, unos sesenta mil ejemplares. Una inmensidad alada que, en estruendoso trompeteo, se saludaban, se peleaban por antiguas rencillas pendientes de resolución y, sobre todo, se contaban sus experiencias en los diferentes humedales europeos de procedencia.

Bennu, como cualquier otra garza real, hacía lo propio. Entre tanto trompeteo, milagrosamente, distinguió el de un viejo compañero de nidada, su hermano Hernshaw al que, aun pasando toda la primavera y el estío en el mismísimo río Götta, hacía varios meses que no veía; y es que Hernshaw siempre fue un poco peculiar, algo bohemio y botarate, no muy dado a las relaciones familiares. Preguntado por este sobre el paradero de su compañera Herne, le compartió su tristeza por la desaparición de su amada.

Hernshaw entrelazó su cuello con el de Bennu en un intento cariñoso de consuelo y se aprestaron a volar juntos hacia las deseadas marismas.

Despeñaperros era la última frontera montañosa a cruzar. Desde la altura a la que volaban se visionaba la cordillera como una pequeña protuberancia sobre los llanos manchegos. Y por fin Doñana, con sus enebros marítimos, eucaliptos, uñas de gatos, pinos piñoneros, adelfas, alcornoques… sus dunas y, por supuesto, sus extensas marismas, su coto privado de caza.

Entre recuerdos, noches de búhos y de linces, que no fueron óbices para disfrutar de una apacible existencia, llegó marzo. Inesperadamente, la primavera hizo acto de presencia con su novísima alfombra verde y sus amapolas rompiendo la uniformidad del color de las llanuras. Y, una vez más, la naturaleza se disponía a interpretar, cual concierto de Vivaldi, las mismas notas barrocas y esplendorosas con que despedía todos los inviernos. Se apreciaba, en el ambiente de las marismas, el alboroto de los preparativos del viaje de vuelta; el resurgir de la vida que año tras año se estrena y vuelve a estrenarse en un bucle infinito musicado de algarabía.

Bennu, desde su atalaya de pino piñonero, observaba cómo la tarde agotaba sus últimos rayos de luz. Sus ojos no brillaban ni titilaba una salada lágrima en la comisura de su lagrimal. Esta vez no partiría al amanecer hacia el norte, la tarde anterior se había despedido de Hernshaw con un fuerte y apretado abrazo de cuello. Su hermano aún se encontraba con fuerzas para volver y lo hacía junto a su nueva pareja, una joven garza con el plumaje de la cabeza casi tan blanco como lo tenía su querida Herne, aunque la franja negra que lucía desde el ojo hasta la cresta no fuera tan fulgente ni profundo como el de esta. Les deseó toda la suerte del mundo y les manifestó su deseo de volver a verlos al año siguiente.

Doñana sería su retiro definitivo, lo tenía decidido desde su partida de Gotemburgo. Total ¿no era eso precisamente lo que hacían los humanos jubilados, ingleses, suecos, alemanes y demás nórdicos: comprarse una casita en el Sur para vivir en paz y armonía el resto de sus vidas?



NOTAS: Los nombres de los protagonistas de este relato no son escogidos al azar:
—Bennu, en el Antiguo Egipto era la deidad pájaro, asociada con el sol, la creación y el renacimiento, y fue representada como una garza en la obra de arte del Nuevo Reino.
—Earnshaw, Hernshaw y Herne, son apellidos ingleses derivados de la garza, el sufijo “shaw” significa madera, refiriéndose a un lugar donde anidaban las garzas.

sábado, 22 de enero de 2022

 Siempre amanece, no se si estaremos tú o yo, pero el sol volverá a salir por las montañas del este. Tocarán las campanas por alguien, siempre tocan por alguien, y el silencio morirá con la luz del día. Puede ser que en tu habitación sea noche cerrada, pero en algún lugar estará amaneciendo; inexorablemente, habrá llegado la mañana.



LLEGÓ LA MAÑANA

Las calles se desperezan y ladran.

El rumor rodado de la rutina,

entra atrevido por el tragaluz,

se mezcla con el humo

del café recién puesto.

 

Rompe, el trino lejano,

quejas de las noticias matutinas,

a las que cambia volumen y tono

el anuncio del aroma —misterio—

surge entre rocas del acantilado;

cuerpo que emprende el vuelo

en búsqueda de otro cuerpo perfecto.

 

Me agrada templar manos

sobre la tenue loza de la taza.

Una hora que insiste en marcar el plasma

muta al ser que me habita;

el que calza reloj, cartera y llaves

y apaga luces, puertas y noticias,

para bajar sonámbulo escaleras,

sentir sobre el rostro el mismo frescor,

y es que, una vez más, llegó la mañana.

lunes, 17 de enero de 2022

 La habana y Cádiz, Cádiz y La Habana, dos hermanas siamesas escindidas por el bisturí de un cirujano de nombre Atlántico, pero que ni las guerras han podido separar. En sus genes comunes: familia, calle, duende, idiosincrasia, humor y gargantas que cantan los mismos sones y los mismos ritmos con distinto acento. Dedicada a estas dos hermanas va mi Guajira flamenca.


GUAJIRA FLAMENCA

 

Una sentencia me atrapa

en las barras de una pena

para cumplir la condena

de aquellos ojos ladrones

que al robar por los rincones,

de mi casa de La Habana,

se me llevo la mañana

que la viña apareció

vestida de Plaza Vieja.

Yo la miré entre las rejas

de aquella misma ventana,

de la habanera canalla,

que cantara Carlos Cano.

A la caloña el humano,

conduciendo el almendrón,

va buscando el malecón

que le robó una cubana

pintada en su madrigal

y que llora con desgana

to Cádiz y su Catedral.

viernes, 14 de enero de 2022

 A veces el amor nos abandona y no nos enteramos hasta que, una fría mañana, al levantarnos, nos damos cuenta que ya no tenemos a quien susurrarle un te quiero, pues ese amor se quedó sin su nombre.

EL SECRETO DEL LIMONERO

 

Hiere la mañana la piel recién despertada

con el frío —como puro acero a primera hora.

Llega, sin crepitar, el alma de olivo viejo,

el olor de sus ascuas en chimenea ajena.

 

El limonero lunero, fiel, guarda un secreto.

Anoche, solo con la luna, se lo contaba

entre los aromas de damas de noche y hierba,

entonces vestida de rocío, ahora escarcha.

 

No pude ni tan siquiera pronunciar su nombre

para evitar que el búho ladrón se lo llevara

y en su nido íntimo lo diera por alimento.

 

Guardé un susurro entre el azahar y los limones,

para en el alba helada salir a rescatarlo,

mas no pude encontrar ni el susurro ni su nombre.

jueves, 6 de enero de 2022

 

“LA DAMA QUE COSTÓ UN REINO”

 

FINALISTA PREMIO INTERNACIONAL DE RELATO CORTO CIUDAD DE CONSTANTÍ 2020

Toledo 710 dc.

A Don Rodrigo no lo quería nadie, había llegado al poder de forma intrigante, conspirando para procurar la muerte de su antecesor, Witiza, vengando lo que este hizo con su padre.

Digamos que Don Rodrigo se creía un gallo hermoso y aunque su mujer era muy bella, no se contentaba solo con ella. Egilona, así se llamaba la pobre dama, estaba en continua depresión por las infidelidades del adultero de su marido.

Florinda la Cava era una joven refinada y según las crónicas de la época, debía ser la más guapa entre las guapas. Su belleza y el capricho del monarca harían cambiar la historia de España y por ende del mundo conocido. Don Rodrigo se quedó prendado de ella y con la excusa de procurarle una vida holgada —mientras se le buscaba un buen casorio, cosa muy normal por aquella época— le pidió al padre —el Conde don Julián, señor de Ceuta— que la trajera a palacio. Ceuta pertenecía a Bizancio y mantenía muy buenas relaciones con los godos españoles, por la cuenta que les traía. 

Ardía el sol vespertino sobre la ciudad de Toledo, en un tórrido mes de julio, mientras desde las estancias reales invadía los amplios pasillos la voz grave y potente del obispo de Toledo dirigiéndose al Rey. 

—Majestad, dejad que uno de mis monjes, del monasterio de Santo Domingo de Silos, os remedien del mal de la sarna, no permitáis que las manos de una doncella rocen vuestra real carne. 

—Por Dios, mi querido Sinderedo, que insinuáis con vuestros temores, ¿qué mejor que unas virginales manos para manejar la aguja de oro destinada a hurgar en cada una de mis llagas? No temáis nada de este leal servidor de nuestro señor Jesucristo, por su gracia fui ungido, bueno, por su gracia y por la gracia de mis queridos nobles y de vuestra leal corte clerical. ¿Acaso no me conocéis? 

—Por eso mismo D. Rodrigo, por eso mismo, porque os conozco temo, si no, ¿a qué vuestra sarna? 

—Monsergas de obispo, bahhh, ¡dejadnos sólo Sinderedo! 

—Debéis tener en cuenta que, aparte de los hijos de Witiza y sus partidarios, con vuestro atrevimiento en la ceremonia de coronación — ciñéndoos vos mismo la corona real— os habéis buscado, gratuitamente, nuevos enemigos tanto entre los nobles como en el pueblo llano, al que no le ha sentado nada bien vuestra osadía. No compliquéis más las cosas Majestad. 

—Sinderedo, ¿queréis hacer el favor de dejadnos solo? —casi susurrando, entre dientes dijo estas palabras, más pareciera que las pronunciara una víbora que un rey. 

—Como gustéis Señor, como gustéis. —Con un mohín de insatisfacción y preocupación abandonó el obispo la estancia real. En su mente, la idea recurrente de la incorregibilidad de aquel elegido, engreído y egoísta, al que tenía que obedecer por la gracia divina. 

— ¡Argilo! —el así llamado era el comes cubicularium o ayuda de cámara del Rey— trae a nuestra presencia a Doña Florinda. 

Esto iba ordenando el monarca, a voz en grito, mientras se desprendía de sus vestiduras dejando al aire sus reales vergüenzas y sus erupciones sarnosas.

—Argilo, presto que me está matando la picazón, traednos a esa doncella. 

El siervo, dando traspiés, fue en busca de Florinda quien, junto a otras doncellas de la corte, se encontraba dándose un baño en el lago ajardinado de su residencia. 

D. Rodrigo, desde el alfeizar de la ventana, contemplaba la escena extasiado por la belleza de la joven Florinda. Siguió, con impaciente mirada, el itinerario recorrido por su sirviente Argilo dando cojetadas a “paso de tortuga”. Al menos eso le parecía al cada vez más ansioso monarca. —por mor de una poliomielitis contraída cuando tenía tres años, al pobre Argilo, se le había quedado la pierna izquierda cinco centímetros más corta que la derecha. 

Cuando Argilo llegó a la entrada del jardín donde se bañaban las doncellas, le salió al paso, desde los setos que lo rodeaban, una vieja marmota haciendo aspavientos y gritando a pleno pulmón frases e improperios que D. Rodrigo, desde la distancia, no conseguía descifrar. Sonrió ante tan cómica escena pues el azacán cayó de espaldas a causa del enorme susto que le dio la inesperada aparición. Apaciguados los ánimos, después de un aparentemente pacífico intercambio de intenciones, la vieja marmota entró al jardín y le transmitió a Florinda el requerimiento real. 

La doncella, ignorante de estar siendo observada por el rijoso monarca, salió del agua cual Venus Anadiomena, luciendo una espesa trenza de brillante pelo azabache que le sobrepasaba el tronco llegando hasta la altura de los muslos. Esta esplendida visión enalteció los ánimos lujuriosos del Rey, quien decidió, en ese preciso instante, hacer suya a Doña Florinda, la hija del Conde Don Julián, puesta bajo su real y cortesana protección.

 Secó la vieja marmota la blanca piel de Florinda y sobre la misma le colocó un peplum de color morado sobre el cual enrolló, de grácil manera, una hermosa palla blanca bordada con motivos florares en hilo de oro, al estilo de la Roma clásica. Una vez así ataviada, le calzó unos calceus de cuero marrón ajustados a los pies, ahusados en las punteras, que le cubría los tobillos, atados a las piernas con tiras de cuero del mismo color. 

Cuando estuvo lista, acompañada por las cojetadas de Argilo, se dirigió hacia las estancias reales, donde esperaba su majestad el Rey con la libido disparatada. 

Lo que sucedió en aquella estancia nos lo podemos imaginar. No se sabe si la doncella fue forzada por D. Rodrigo o si la relación fue de buen grado —nadie había en esa alcoba para prestar testimonio. 

 El caso es que Florinda acostumbraba a remitir, a su padre D. Julián, cartas a través de los enviados a la corte por este. En la última misiva, quizás en un intento por justificar su más que evidente preñez y aludiendo la joven no estar dispuesta a seguir con una relación pecaminosa, le comunicó a su padre la “forzada” relación mantenida con el Rey. 

 D. Julián sintió su honor y su honra —que a la postre valdría un reino— mancillada. Traicionada la confianza depositada en el monarca, juró venganza y sedujo a los moros para que invadiesen la península, él mismo pondría los barcos. 

Antes de consumar la venganza sacó a su hija de la corte con la excusa de que su esposa se había puesto enferma y necesitaba los cuidados de la muchacha. 

Se acababa de poner en marcha, con la Batalla del Guadalete que concluyó en masacre de las huestes cristianas, la invasión musulmana y la conversión de la península ibérica al Islam —desde 711, hasta 1492 con la toma de Granada por los Reyes Católicos. 

Al poco de concluir la refriega, el caballo del rey apareció vivo, asaeteado, corriendo por el río.

 Estos acontecimientos propiciaron el nacimiento de Al Andalus, siendo su primer wallí un hijo del moro Muza que, para mayor inri, tomó como esposa a Egilona, la viuda de D. Rodrigo.

 En las proximidades de donde tuvo lugar el combate existe una finca llamada Sosa, allí posiblemente perdería la vida el monarca visigodo.

  Los lugareños contaban que, a mediados del siglo XX, se aparecía una extraña luz que salía por detrás de una fuente, la dichosa luz corría velozmente aterrando a los que estuvieran presentes. De tal manera se mantiene este recuerdo que hoy, en Puerto Serrano, cuando alguien corre se dice: “Andas más que la luz de Sosa.”

 A saber si no es esta extraña luz el fantasma vagante de Don Rodrigo.

                                                                                                                            Jara

 Hay veces que por aparentar ser más eruditos forzamos el idioma hasta la impostura (click sobre imagen o enlace) EL IMPOSTADOR Hoy toca pon...