sábado, 5 de septiembre de 2026

 Antoine de Saint-Exupèry vistió de su filosofía una de mis más bellas lecturas de niñez, de juventud, de madurez y ya casi de vejez. Siempre descubro algo nuevo entre las páginas de El Principito. (click sobre enlace o imagen para ver videocuento)


ODA AL PRINCIPITO

Yo nunca fui niño ni tampoco baobab, fui una especie de farero sin faro, tenía unos ochenta años cuando lo vi —realmente aparento ocho mal cumplidos.

Era famélico, sólo cuarenta y siete páginas, un dibujo número uno y otro número dos, un cordero encajado que se comía las rosas, y exactamente cuarenta y tres puestas de sol

Comprendía a los asteroides del 325 al 330 y uno vestido a la turca llamado B 612.

Creo que con ocho años se puede ser mayor y con ochenta recién cumplido ser un niño, y esto lo digo fehacientemente…uhm me gusta esta palabra, sabe a verdad, y eso que empieza por feha...

Lo que nunca llegué a ser es un hombre serio, ahora que lo leí, lo entresaqué de entre sus disparatadas líneas, a mis ochenta recién cumplidos, me entero de lo que es un hombre serio.

Me propuse domesticar a una sombra, misión absurdamente imposible, soy farolero sin farol, no produzco sombras, y las que nacen con el sol desaparecen veintitrés veces tras tres volcanes, uno de ellos creo que extinguido; no me da tiempo ni a saber sus nombres.

Pasa todo tan rápido, únicamente los niños aplastan su nariz contra los vidrios. Con esta actitud son capaces de detener el tiempo en un paisaje y atravesar el cristal con su nariz hasta percibir el aroma del rubio trigo. Son capaces de encontrar, en medio del trigal, una desaliñada amapola, que, no nos engañemos, ya nacen así de desaliñadas. Y es que solo los niños saben lo que buscan.

Yo, soy casi niño, ya que casi sé lo que busco, casi busco sabiduría, el agua que sofoca la sed del alma y no hay desierto que la sacie por muy bello que nos parezca.

Eso me consuela, como la risa tintineante de las estrellas, cascabelillos que saben reír. Yo también sabré desprenderme de mi corteza tras la mordedura de la serpiente amarilla, mi cuerpo pesa demasiado para alcanzar mi sueño y no me pone triste una corteza vieja que se abandona.

Me espera mi rosa, vestida de gotas de rocío, ella que tan sólo tiene para defenderse una garra de cuatro espinas, ha sobrevivido a mi ausencia, a los baobad, a la erupción del volcán extinto y a los veintitrés amaneceres. 

Me saludan a la vuelta mis vecinos de los asteroides del 325 al 330, yo que nunca dejé que una de mis preguntas quedara sin respuesta, fui repitiendo una en mi viaje de regreso: quinientos millones de rosas, ¿qué tiene de especial la que me espera en B 612?

La respuesta la supe al llegar a mi casa, y es que sólo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible para los ojos.


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